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jueves, 9 de septiembre de 2010

WESTWOOD II

Siempre fui un poco fanfarrón, un metepatas de verdad y de vez en cuando sigiloso. Metepatas en los errores y silencioso en rectificar, para lo de ser un fanfarrón no tengo excusa.
Me encantaba el olor a playa, el ruido de las olas rompiendo en la orilla y la arena caliente; te hacía ir corriendo hacia la orilla y tocar con la punta de los dedos el agua limpia y clara. Hacía que me olvidase de todo porque en ese momento no había nada mejor que el agua taponando las heridas, no había problemas. Era como sentirte un niño pequeño, era como volver al pasado, ese que te hacía mover ilusiones.
A lo largo del camino he cometido errores, errores grandes y pequeños pero por alguna extraña razón los errores pequeños me pesan más que los grandes.
Como he dicho antes, me encantaba el olor a playa; solía veranear en Westwood, al sur de California. Era un pueblo pequeñito pero estaba lleno de vida, sobretodo en verano, con ese olor a playa, las olas y las mujeres.
En el verano del 98 conocí a Vivienne y pasó de ser una conocida a ser mi mejor amiga, convirtiéndose así en la mujer a la que amaba. Y creo que aún sigo amando…Porque,¿ no se supone que cuando has amado a alguien y se va de tu vida, aún sigue en tu corazón? Por eso sé que la he amado y que en cierto modo sigo haciéndolo. Porque la noto presente en mis cartas, en mi sofá, en mis camisas y en mis sábanas.
Aquel verano del 98 conocí el amor, el engaño y la amistad. Creo que ahí fue cuando empecé a salir del nido, o por lo menos a asomar la cabeza. Y es que cuando la vida te enseña las cartas la única solución que te queda es barajar y jugar bien.
Vivienne era alta, pelirroja y pecosa. Poseía unas pecas tremendamente sexys alrededor de sus mofletes y por sus hombros, esos hombros que se desnudaban para mí y me hacían sentir el hombre más vulnerable del planeta. Cuando Vivienne se desnudaba para mi hacía temblar la tierra y cuando se posaba encima de mí, en ese momento el mundo perdía sentido, se quedaba en silencio y nos observaba desde lejos.
Era mi amante en la cama y mi amiga en el sofá, pero de repente los papeles se congelaban y se convertía en mi amante en la cama y en el sofá. Lo de ser amigos lo dejábamos para después. Lo dejábamos para un futuro sin saber que no lo habría y perdí a mi amante y a mi amiga, esa del futuro.
Porque la vida es como un tren sin paradas y los segundos solo se congelan cuando menos lo deseas, cuando menos lo esperas.
Pero sigamos con aquel verano del 98, ese en el que aprendí a ser persona. Cuando pasas tanto tiempo con ciertas personas, se olvida la cortesía, se olvida la galantería, se olvida el querer.
Rich era mi mejor amigo, era mi hermano y de cuando en vez, también ejercía de padre. Pero como dije antes, con el tiempo se olvidan los buenos modales y sin querer queriéndolo, me enamoré de Vivienne, su prometida.
No es que la culpa fuese de ella o mía. A día de hoy no creo que nadie tuviese la culpa. Ella no me seducía, ni yo a ella, solo nos encontramos una vez en un cruce de miradas y el tren se quedó sin paradas y no fuimos capaces de decir que prosiguiese en su trayecto.
Fingía por el día amistad y por la noche perdía la compostura, perdía la postura. No alcanzo a saber exactamente en que casual momento perdí los estribos, la lealtad y la confianza pero la baraja de cartas que la vida me había regalado terminó mostrándose y Rich no tuvo otra opción que enterarse, la verdad salió al alcance de todos y yo decidí esconderme. Sólo tuve que ver la mirada de mi amigo y supe que jamás seríamos los mismos. De Vivienne y Rich tan sólo puedo decir que el camino que un día decidieron emprender enlazados, terminó por separarse en distintos senderos y Vivienne no me quiso en el suyo. Me apartó y ni siquiera me di cuenta. Siempre me quedará la duda de saber qué fui yo para ella.
Trabajo como columnista en el New York Times y esta no es más que la historia de tres amigos que veraneaban en un pueblo al sur de California. Esta es una historia de ficción. O no. Quién sabe. Hoy en día el mundo está patas arriba y nos saluda mirándose el ombligo.

Estacións.

Para as persoas que no seu momento foron capaces de esquecer todo o malo. Aínda que non fora doado, sinxelo. Aquelas que botaron o rancor, esas que respiran auga de lavanda. As que cren no porvir, nos soños e non demoran un segundo en tomar unha decisión. Aquelas que torcen a meixela pese a indolencia do funcionario, xa o dicía Larra. Aos errantes a un mundo perfecto, cheo de amizades que non traizoan ou amores que non marchan. É posible que non sexas desas persoas. Eu non o son. Non fun capaz nin serei de sacar da miña memoria os momentos que me axudaron a sobrevivir nun mundo que cheira. E non é auga de lavanda. Cos ollos ben abertos porque as amizades equivócanse, hai amores que voan lonxe, outros séntanse ao teu carón. De igual maneira hainos que marchan. Porque simplemente todo muda de cor, de lugar e de estación. Aquelas que agardan por Decembro, coa bufanda e as botas, (porque aquí chove e fai frío), benvidos. Para os que esperan con bañador. Agarden.

domingo, 13 de junio de 2010

WESTWOOD

Cuando encontré el viejo diario un escalofrío me recorrió. Sentía que los años se habían congelado y retrocedido de repente. Y la nostalgia me invadió, se apoderó de mí e hizo conmigo lo que al antojo le apetecía.
Sentía que volvía al lugar en donde mis sueños habían nacido. Esa arena daba un paseo por mi mente y las buenas amigas volvían a salir del baúl.
El diario seguía en el mismo sitio donde lo había dejado. En el desván. La alianza se resbalaba del dedo, los pálpitos eran más intensos y la sonrisa se mordía el labio inferior. Los recuerdos florecían y las dudas me vestían. ¿Qué haría con ellos? No pude contenerlo. Tuve que retroceder 10 años atrás y telefonear.
Mientras esperaba, el cigarrillo de las cinco se adelantaba para las cuatro y media y los tacones pesaban. La cabeza pensaba en las páginas escritas ante el paisaje, ante las amigas peinándose, ante el vaivén de las miradas cómplices.
El momento llegaba, las podía sentir, incluso oler. Pero lo que oí fue el timbre.
-Has tardado diez años en llamarme, ¿qué evento emocionante ha surgido? ¿Te han publicado otro libro y deseas regocijarte? – Paola cuando quería, podía herir.
-No te recordaba tan sutil. Pasa y tomemos una copa.
-Prefiero esperar aquí por Lindsay.
-Como quieras. Esperaremos juntas.
Los segundos me ahogaban, era como si una soga me atase a lo alto de una montaña. Pero por fin llegó.
-No te recordaba tan alta Clarisse. ¡Ah! Son los tacones.
-Bueno, ya estamos las tres.
-¿Te vas a morir?
Lindsay fue siempre así. Sarcástica, cínica, odiaba la Navidad. Y con los años, eso no mejora, empeora.
-No, no tengo pensado morir.
Y las tres llegaron al salón. Se sentaron. Paola y Lindsay se quedaron mirando los cuadros, las estanterías cargadas de libros, el mini-bar… ¿qué había pasado con Clarisse? Se preguntaban. Hace diez años quería vivir apartada del mundo, con su novio de aquella y viajar sin parar, no quería casarse y quería escribir por ocio. Ahora era una mujer de best-seller y llevaba diamantes. El tatuaje ni se divisaba.
-Vamos Clar, ¿qué ha pasado para que decidas que debemos vernos después de diez años separadas las unas de las otras?
-Hacía diez años que nadie me llamaba Clar. Paola, Lindsay, mi padre ha muerto hace dos días. Lo sé, no tengo motivo para llamaros, a fin de cuentas qué más os dará, ha pasado mucho tiempo. Pero en un momento de debilidad subí al ático y encontré nuestro diario, sobra decir que los recuerdos me penetraron.
- Charles ha muerto. Charles ha muerto. –Se repetía una y otra vez Lindsay.- Con una tarjeta o una llamada de tu manager me hubiera bastado. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Darte un abrazo y decirte todo irá bien? Me costó mucho imaginarme la vida sin Westwood, sin mis amigas entrelazándome los sueños. ¡No puedo hacer como si no hubiesen pasado diez años!
-¿Desde cuando te has vuelto tan frívola?- llegó a pronunciar Paola en un esbozo de incredulidad- Charles ha muerto, Linds nos ha llamado porque se acordó de nosotras. ¿Sólo se te ocurre pensar en ti misma?
Lindsay había sufrido mucho cuando Clarisse se fue y cuando Paola, detrás, pensó que no tenía sentido seguir ahí, donde el mar les había roto las esperanzas.
Solían veranear en Westwood. La arena, el sol y las rocas les había otorgado a las tres un paraíso de sueños, de ilusiones, de promesas y anhelos. Las tres se habían unido un día sin querer y decidieron que jamás se separarían. Que lucharían contra la marea alta, el fuerte oleaje y la arena mojada. Lindsay había estudiado la carrera de Arquitectura en Harvard y se había convertido en la arquitecta mejor pagada y reconocida que recuerde. Sus diseños eran impactantes, estaban cargados de emoción. Aquella niña que odiaba la Navidad y estaba enfadada con el mundo había encontrado la manera de plasmarlo en arte. Era egoísta, distante y racional pero siempre supe que dentro de ella había un sentimiento que necesitaba salir. Era como un volcán a punto de explotar y que jamás lo hacía. A veces era frustrante.
- No, también se me ocurre preguntarle cuando es el entierro.
- El entierro es pasado mañana. Será en el cementerio en donde despedimos a mi madre. A las 12 a.m.
- Clarisse, si, ha pasado mucho tiempo y para mi no eres la Clar que solía molestarme en los locos días de veranos pasados… pero sabes que si necesitas cualquier cosa… Solo tienes que llamar. Supongo.
Paola siempre fue cordial, servicial y detestablemente preciosa. Preciosa en sus “buenos días” y preciosa cuando se calzaba preciosos vestidos que realzaban su figura. Compartían la ropa, los accesorios y la vida. Pero por alguna extraña razón Paola no albergaba rencor, al menos no lo mostraba en ese momento.
Era exquisitamente honesta, espontánea e ingenua. Había enderezado su vida y ahora se dedicaba a vivir. Hizo la carrera de Publicidad y Marketing y cuando la terminó se fue a vivir a Nueva York. Era un espíritu libre.
El aire estaba cargado de humor negro, de miradas que hablaban sin pensarlo y de palabras que ni sonaban.
- Creo que mi presencia aquí empieza a sobrar. Pasado mañana estaré en el cementerio. Te daré mi pésame y me iré a Londres. A mi hogar. – Linds por el contrario era en cierto aspecto la antítesis. Le costaba abrir las compuertas de los sentimientos y cuando lo hacía esperaba no recibir dolor a cambio. Pero Clar eso no lo supo ver y cuando alguien le hace daño a una persona como Lindsay, no puede esperar cordialidad a cambio sin más.
- Es un alivio para mi saber que estaréis. Simplemente que estaréis.
Y se fueron. Habían tardado diez años en verse y no fueron capaces de dedicarse ni un triste adiós.
Se escuchó el ruído del Mercedes de Paola y del BMW de Lindsay. Acto seguido un chirrido de ruedas anunciaba algo. Clarisse estaba en la puerta, no se había movido.
Quien se dirigía era Lindsay. Corría, el pelo se alborotaba, los tacones parecían molestar y el jersey se descolocaba.
- Han pasado muchos años.
Y las dos se fundieron en un abrazo. Lindsay no soportaba la idea de perder los segundos una vez más pero tampoco estaba segura de cómo reaccionar.
- Lo sé. Jamás llamé. Me fui. Yo te odiaría si me hicieses algo así.
- Todavía te odio. Me tengo que ir. – Y se marchó. Tenía proyectos que entregar.
A veces la vida nos da un sorbo de su limonada para respirar. A veces nos arrebata todo lo que teníamos y nunca nos lo devuelve, teniendo que construir nuevas escaleras para subir a nuestros objetivos.
Porque hay comportamientos y maneras de actuar en la vida que no se entienden, son inexplicables, comportamiento nefasto, malas maneras y falta de entendimiento. Muchas veces los cambios de comportamiento, de carácter, son la consecuencia de muchísimas cosas que han pasado, muchísimas heridas que han quedado abiertas, sangrando... se han ido acumulando y que nunca se han zanjado, y no se han zanjado, no por no querer, no, sino porque no se ha tenido la capacidad para ello.
Eran tres niñas atemorizadas ante el futuro que les esperaba. Ante las nuevas perspectivas.
A fin de cuentas ¿qué podían reprochar Lindsay o Paola? Clarisse simplemente hizo algo que ellas también deseaban.
Irse. Correr. Escapar. Equivocarse.

Manos

-Y si te sobran las palabras, ¿por qué las pides? Sofía, dime, ¿por qué pides algo que no sabes si quieres? ¿Por qué quieres tanto? ¿Por qué sufres? ¿Qué es eso que te reconcome por dentro y no te deja respirar? Vamos, dímelo.
-Es que estoy en el abismo de esos malos recuerdos de un pasado demasiado presente.
-¿Por qué dejas que tu vida se resuma al dolor y a la marcha atrás? ¿Por qué no te desatas?
-No me preguntes más. No necesito oír tus palabras, ya no somos lo que éramos
-Tú y yo siempre seremos un pasado. No sé porque te empeñas en negarlo.
-Te equivocas. Hace tiempo que lo admití. Hace tiempo que me desaté de tu cuerda.
-Entonces, ¿qué es eso que está dentro de ti y no dejas salir?
-Mi historia.

Mi historia es lo único que me queda. Eso por lo que lucho día a día, por lo que me dejo las garras y parte del corazón. Mi historia no es interesante, no es trágica ni traumática. A veces parece que ni tan siquiera hay mundo en mi pasado, pero claro que lo hay…Hay un abismo. No tuve unos padres que no se preocupasen por mí sino todo lo contrario, jamás carecí de cariño alguno, rodeada de personas que se dejaban el alma por comprenderme, que no era nada fácil. Y tú, mi compañero, sabes que nunca pudo faltarme ese amor incondicional, ese calor que desprendían tus manos, pues estabas ahí. Tan solo ahí por si me caía, por si me resbalaba, por si me quedaba estática ante los cambios. No fui una chica rebelde pero siempre tenía algo que decir.
Ya ves, mi historia no es entretenida, no es interesante, no es subliminal. Pero hay algo que siempre falló, una diapositiva en mi cabeza que no hacía más que repetirse. Jamás supe conformarme con lo que la vida ponía a mi disposición. Y especifico diciendo que no fui capaz de sostenerme a tus manos, ni a ninguna mano, desprendiesen fuego o fuesen cual témpano de hielo. Me desesperé, imploré, sacrifiqué cualquier cosa a mi camino por unas manos, quejándome de la entrada y salida de las personas en mi vida, de ese vaivén de imágenes sin poder ver que era yo, que mis manos eran escurridizas. Que no me servía ni a mi misma. Noches recordándote y sufriendo por ese día cuando me separé de ti, cuando el mundo se olvidó de mí, o cuando yo me olvidé del mundo. Me quedé vacía, quizás ya estaba vacía antes de conocerte pero en cualquiera de los casos ahí empezó mi diapositiva. No quiero herirte. Conocí a personas con las que compartir calor, claro que me tropecé con ellas. Viví momentos mágicos, de eses en los que presientes que todo va bien, pero algo dentro de ti te dice que no tardarán las cosas en ir muy mal. Mi padre se murió y ni tan siquiera fue trágico. Fue doloroso, me partió en dos y no volví a ser la misma pero jamás lo supiste. Si, nunca te lo conté y es que ser tu amante nunca fue cosa sencilla. Lo llevé conmigo hasta el día en que te dije adiós y hasta ahora ha seguido pegado a mí. Quizás por ese motivo me alejé de ti. Por saber que jamás me pertenecerías. Tal vez por esa muerte fui incapaz de permanecer quieta un segundo frente a alguien. Me alejé y aquí estoy.
Como ya te he dicho antes, mi historia es tal vez la más de las aburridas historias que puedas escuchar. Alguien que no supo valorar realmente un gesto de afecto, alguien que fue fría, alguien que decidió estar sola, alejando cualquier felicidad de sus dedos ni siquiera merece ser escuchada .Todavía no alcanzo a comprender como estás aquí, ahora. Quizás porque tienes una deuda con el tiempo, o ¿es que el tiempo te ha traído a mi? Mira a tu alrededor. Estás en una de las más lujosas habitaciones en presencia de una mujer con maquillaje caro y ropa exclusiva. Y en cambio estoy vacía. Y al mismo tiempo estoy llena, llena de amor que necesito dar. Y vaya contradicción querido amigo, necesito amar y no soy capaz. Fui tan miserable como para dejarte escapar por mis idioteces de niña egocéntrica, fui tan cruel como para apartar a toda persona. Fui despiadada y ahora estoy aquí, acorralando a mi miedo y a mis ganas de huir. Que saldrán de un momento a otro y espero que no te salpiquen. Te suplico mil perdones aunque se que ahora no servirán de nada. Me marché y di por supuesto que no pelearías por mí… y me alejé cada vez más. Estuve dispuesta a olvidarte, a olvidar mi historia. Esa que tejieron algún día tus dedos y me hallo aquí escupiendo una verdad callada a gritos.
Y ahora si me permites te invito a que te marches una vez más.
-Sofía, no puedes borrar tu historia.
-Jamás la he borrado, te la acabo de escribir, con comas y acentos. Pero simplemente soy una mujer que necesita un nuevo papel. Mi historia es el pasado de mi presente y necesito un futuro. Solo te pido que te marches, que hoy seas tú el que decide que no puede estar con alguien que está a punto de llorar y que no sabe cuando parará, que quizás inunde la habitación.
-Aprenderé a nadar, Sofía. Aprenderé a nadar.

sábado, 12 de junio de 2010

DEMASIADO TARDE

Oí un ruido. Un ruido de llaves. Ya había llegado.
Entro en la sala con pesados tacones dejando su chaqueta en el olvido pero no su bolso de cuadros escoceses, y pronunciando mi nombre con un timbre de voz sereno fui en su procura.
Sus ojos expresaron profundo desanimo y sus manos frías me tocaron con ternura. Llevaba ya un tiempo sin saber de ella y todavía no me acostumbraba a la ausencia de sus desasosiegos.
Mi voz sonó temerosa. No quería saber de la presencia de la realidad. Ella era todo lo contrario; semejaba paz y seguridad y no tuve garra suficiente para desvanecer sus palabras. Con la misma mano fría que hacia unos minutos me había tocado con total tranquilidad y cariño, saco de sus cuadros escoceses unos papeles. No había vuelta atrás.

-¿Preparo café?
-No estaría mal.
-De acuerdo. Volveré enseguida.
Y fui hacia la cocina. Sabía que no podía hacer nada. Quizás solo me quedaba preparar el café. Y nada más
Volví al salón.
-Solo quiero que firmes. Te explicaría un millón de cosas pero me conoces y sabes que no seria la mejor opción, sabes como soy.-Me lo dijo como si quisiera algo más, como si esperase algo más…
-¿Dónde tengo que firmar?-Y no dije nada más. Los finales felices no existían y yo eso lo tenía muy claro.
Yo le había echo mucho daño. Durante los años vividos con ella cometí pesados errores que desaliñaron mi futuro a su vera. Mi ausencia había sido notoria desde que mi empresa triunfo. No había estado en los momentos que su pequeño y frágil ser me anhelaba, ni tuve tiempo para llorar cuando Fernando había fallecido. No estuve al lado de Beatriz para susurrarle al oído que todo iría bien. Y la línea telefónica era pésimamente grotesca. Ni siquiera intente estar ahí. Mi cabeza pensó que un ramo de flores acompañado de una tarjeta dándole mí mas sentido pésame serian suficientes para calmar tanto dolor. Y se equivoco, no me alcanzaron los segundos para debatírselo. Y el tiempo pasó.
Mi oficio abarcaba todo mi ser y s comportaba con total egoísmo y me faltaba fuerza de voluntad.
Pedro crecía. Pedro decía sus primeras silabas. Pedro gritaba y Pedro lloraba. Y yo no estaba. El no me echaba de menos pues tan apenas tenia unos años pero yo si le echaba de menos. Yo lloraba y gritaba por Pedro en las noches vacías donde no habían galas lujosas ni papeles acumulados en la mesita de noche. Y no me quejaba de día. No me quejaba de día porque pensaba que mi familia estaba bien, tenia de todo y yo me excusaba mis viajes repentinos con duración inexacta pues lo hacia por ella. O por mí. Ahora ya no lo tengo tan claro.
Y cuantas veces falle en mis palabras. Y cuantas veces le falle a mi palabra. Y no me echaba la culpa de que últimamente supiera tan poco de Beatriz. Me gustaba levantarme y oler la ausencia de Beatriz en las sabanas, oler el café recién hecho y la taza sin lavar. El secador en el lavamanos y el cajón de los zapatos revueltos. Observaba esos detalles y los guardaba. Y ya no los tenia, no se que había pasado con ellos. No se si se habían escapado porque se sentían fuera de lugar o si se habían escapado porque se sentían olvidados.
Y no vi que seguían estando y que era yo el que estaba en el olvido.

A menudo recibía llamadas telefónicas de Beatriz y oía algunos monosílabos que Pedro, temerosamente decía.
Cuando mis viajes eran mas largos de lo habitual, Beatriz le hacia una visita a mi hotel. Se desvanecía en mi cama y entonces esas noches que no estaban cargadas por trabajo, se convertían en una película donde ella y yo éramos los protagonistas.
Le quitaba el vestido poco a poco, siempre que venia, su piel calzaba un precioso vestido, y le besaba lentamente el cuerpo. Su piel era suave y olía a melocotón. Mi lengua percorrìa su endeble ser y mis manos palpaban su deseo. El deseo de sentirse abandonada en el placer. Yo apuraba ansiado el recorrido. A la mañana siguiente desayunábamos juntos y ella marchaba. Pedro la esperaba. Pero eso era cada vez menos frecuente en mi vida. Supongo que porque Beatriz se estaba dando cuenta de la realidad y yo no. La realidad de que solo pensaba en mí.
Había pasado un vuelo largo desde Nueva Cork y cuando llegue a mi casa, a unos pocos kilómetros de las ruidosas calles de Madrid, lo único que deseaba era darme un baño caliente; pero mis ganas se ahogaron.
Subí las escaleras y cruce el largo pasillo hasta la habitación de Pedro. Pero note su ausencia .Su cama estaba hecha y no había rastro de él.

-Beatriz, ¿Dónde esta Pedro?
-En casa de mamá. Pasaremos unos días ahí.
-¿Pasaremos?
-Si, Jorge. No creo que llegue a entenderlo jamás. Tus ausencias, tu trabajo, tú. No te entenderé nunca.
-Lo hago por nosotros. Por ti, por Pedro, por nuestra familia.
-No haces nada por mí, ni por Pedro. Nunca estás y yo me he cansado.

Y empezamos a discutir como quizás nunca nos había pasado. Y entre gritos y gritos nos sumergimos en una terrible pelea.

-Quería tomarme un tiempo. Quería alejarme de ti. Quería saber si seguía queriendo estar con un hombre desconocido. Creía que necesitaba tiempo para saberlo pero me temo que les he encontrado respuesta a esas preguntas. Me voy. Mañana a primera hora vendré para recoger nuestras cosas, las de Pedro y las mías. Espero que no te encuentres en ese momento. Y volveré. Volveré con el divorcio.

Y se fue. Esa mujer que hacia unos cuantos días había estado en mi hotel, en mi cama, ya no estaba, ni volvería. No volvería a tener a Beatriz entre mis brazos arropándome. Los días pasaron y n me moleste en llamarla para convencerla de que la quería. De que las cosas cambiarían. Me quede sentado en el sofá día tras día pegado al teléfono. Al teléfono para qué…Y los días seguían pasando y Beatriz no daba señales de existencia alguna.
Observaba con admiración los dibujos de Pedro y las pequeñas cartas que Beatriz me mandaba cuando estaba de viaje. Cuanto amor había en eses párrafos, cuánto amor que ya no estaba, al menos no a mi lado. Yo no estuve a su lado y ahora tenia que pagarlo, no me quedaba otro remedio.
Hace una semana estaba en el jardín. Graciosamente estaba sulfatando las patatas pero el ruido del teléfono interrumpió mi labor. Agilice el paso. Las manos me sudaban, cogì el teléfono y pulse la tecla color verde. Finalmente contesté:

-¿Diga?
-Me parece raro que te encuentre en casa. Pero bueno, da igual. Quería decirte que me gustaría que nos viéramos. ¿Te parece bien?
-Si. ¿Estáis bien? – Atine a preguntar sin parecer desesperado.
-Si, estamos bien. A las cinco y media en tu casa. Llevare los papeles.
-¿Los papeles? ¿Que papeles? – Claro que sabia de que papeles estábamos hablando… pero tenía la intención de que mi lógica estuviera del todo equivocada. También quería oír su voz tres segundos más.

-Pi, pi, pi …

Y colgó así. Sin más. Me quede de pie al lado del sofá donde tantas veces me había reído con ella y me di cuenta de que hiciese lo que hiciese jamás volvería.
Beatriz era una mujer de decisiones definitivas. Tardaba en tomar un camino pero cuando lo tomaba, pasara lo que pasara ese sendero, no miraría hacia atrás.

-Es aquí. Y aquí. Y aquí.- Y pasando hoja por hoja fui firmando allí donde ella me lo pedía.- Gracias Jorge.
-Gracias por nada. – Hubo una mirada. Un momento de pasión. Un momento sacado del pasado. Esos ojos negros, penetrantes y misteriosos que parecía que habían vivido una vida misteriosa, me había dicho algo más. Algo que no decían sus palabras, pero se fugaron. Su mirada lentamente se fue alejando de la mía y se esfumó. Recogió los papeles de la mesa del salón y le dio el último sorbo al café. Y esta vez solo se oía el susurro seguro de sus altos tacones. Había dejado las llaves en el recibidor, como hacia diez minutos. Quería dejarme claro que no volvería. Lo consiguió.

EMPIRICO-RACIONAL

Una mañana te despiertas y comienzas la rutina de todos los días, esa que pesa en los párpados, y cuando menos te lo esperas, una bofetada de esas que da la vida, te toca a ti. No quieres hacer nada, solo esperar a que el destino, el que deshizo tu lazo, lo vuelva a atar. Que te vuelva a atar a tu mundo, ese en el que estabas feliz, ese en el que sin querer, de repente, te viste colgando de un hilo.
Y tampoco entiendes muy bien el porqué, no logras hacerte con la respuesta porque simplemente no la tienes. Sólo piensas en dejarte llevar, en implorar a la lluvia que cese, que te traiga el arco iris y que te devuelva lo que te ha robado. Y entonces una nueva obsesión te atañe en el momento. ¿Qué era lo que tenías? ¿Qué era lo tuyo? ¿Qué te han robado? No sabes responder pero sabes que algo no marcha bien y deseas enmendar algo que no sabes si fue tu error, pero con ganas locas, con ganas arrolladoras deseas volver atrás. Volver al pasado porque te obsesiona demasiado, porque no sabes vivir sin tu pasado y no te enfrentas al futuro porque odias el presente. Y más que odiarlo no te conformas. No aguantas tu presente porque siempre quieres más y más y más… Y no paras de pedir. Te miras al espejo y te cuestionas una y otra vez qué es lo que eres, que es lo que piensan qué eres y qué es lo que tienes. Cuando piensas que tienes algo te vuelcas en ello, en ese asunto que tanto te preocupa. Y cuando quieres a alguien, y hablo de ese amor incondicional hacia una persona que comparta contigo para siempre los segundos, te vuelves irracional. Te vuelves empírica, como aquellos filósofos que no sabían nada, que no se fiaban de nada. Y tal cual así; no te fías de nada porque la vida te ha dado una bofetada y eso que tienes solo lo tienes cuando lo sientes a tu lado.
Te obsesionas con esa maldita lluvia que no para y te duele esa bofetada. Piensas una solución e intentas dar respuestas sin rumbo a las preguntas que nadie te contesta pero es como un laberinto, es como un rapto de tu ser, es como la angustia de quedarte en una roca en lo alto de las montañas gritando para que nadie te oiga. Porque es que simplemente no logras hallar con el camino de tu mente, con el camino en dónde tu mente y tu corazón se unan para hacer simplemente lo que les venga en gana. La angustia no para, la lluvia tampoco y ese despedazador dolor duele más. Duele como nunca porque los segundos pasan. La gente viene y va y tú te quedas inmóvil. Te quedas congelada porque no soportas los cambios, da igual el beneficio, tan solo no te gustan. Y más problemas que te buscas porque te gusta sufrir.
Logras por fin mirarte al espejo y observas que la lluvia va cesando pero no consigues que te curen las heridas, porque ese amor empírico-racional está ausente. Ni siquiera sabes si está. Tu angustia continúa y tus ganas de escapar se desatan. De repente deseas escaparte a esa roca y no gritar. Silencio. En silencio esperar. Silencio es lo que pides. Y después respuestas, dudas y buen tiempo. Pides arena suave, pides llegar a tiempo. Que el reloj no haya adelantado demasiado las agujas por si llegas tarde.
Porque simplemente sabes que te toca volver a sentir la lluvia, la bofetada, la angustia.

miércoles, 2 de junio de 2010

Paisaje oprimido

A menudo escucho por las calles de mi pueblo, hablar de él como si estuvieran tratando de un niño. Sí, mencionan cómo ha cambiado, cómo ha crecido, que hace diez años no era así… Y es asombroso ver cómo las constructoras han hecho de él un sitio oscuro, tenebroso y demasiado uniforme. Uniformemente urbanizado.

El pueblo en el que vivo ha cambiado mucho estos últimos años. Demasiados edificios. Un sinfín de trofeos económicos a base de sobornos y de corrupción. Se soborna y se corrompe. Se corrompe el paisaje. En mi pueblo antes se veía verde, ese verde vivo de mi despertar, de las mañanas desde mi balcón. Donde se podía visualizar una frondosa carballeira, ahora simplemente verás el adosado de mi vecino. Al bajar por las calles de mi colegio me encontraba con numerosas y pequeñas huertas a mi paso. Huertas convertidas ahora en simple pasto para supermercados. Han sido suplantadas por superficies comerciales que tan de moda están ahora. El paisaje de mi pueblo ha ido degenerándose en la imagen frívola que ofrecen las naves industriales. Por un cúmulo de edificios sin nombre.
Tan solo veo cómo se escupe asfalto entre el cemento esculpido, entre esas fantasmagóricas naves.

El humo tóxico es mi oxígeno y mi panorama es ese paisaje oprimido por la necesidad de crear dinero. Es mi pueblo, sí, pero quizás también sea el tuyo. El tuyo y el de muchos. Y es que la Naturaleza está siendo arañada en sus propias raíces. A este mundo le da igual echar cemento de por medio y dar media vuelta con tal de llenar el bolsillo. Destruimos maneras de vivir, arrancamos hierba y sobreexplotamos el horizonte. Pero claro, pertenecemos a un mundo Occidental. Somos el Primer Mundo. Y yo tengo en mi memoria aquellos vagos recuerdos de cuando mi pueblo respiraba aire puro. Cuando tan solo bastaba una mera vista para saber que albergaba vida Recuerdos que ahora son humo tóxico. ¡Qué orgullosa me siento!
 

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